Gabino II

Me despierto, escucho las palomas sobre la ventana con marcos de hierro negros y pesados. Me levanto, me estiro un poco, me pongo una sudadera deportiva azul y voy a comprar bolillos a la panadería de la esquina.
El barrio sigue siendo nuevo para mi, los árboles alegran mis mañanas y aún lo hacen cuando pienso en ellos.
Llego a la panadería una cuadra detrás del edificio donde siempre se encuentran las mismas personas: Inés, pequeña, con lentes metálicos y redondos color dorado; Julio, delgado, moreno, con algunas canas que resaltan de su cabello negro. Él a diferencia de Inés nunca lleva el uniforme blanco con líneas naranjas en los extremos, parece que su uniforme son las camisas polo con líneas horizontales de diferentes colores y pantalones vaqueros azul claro. Ambos sonríen al verme llegar y al despedirme, después de pagar los $6 de dos bolillos integrales.
Regreso al edificio ahora caminando por la acera contraria para observar los árboles que tanto me gustan desde otro ángulo y poder pisar los suaves frutos que desprenden durante la primavera.
Son cerca de las 7:30 am, tecleo la combinación en la puerta del edificio, escucho el seguro liberarse y entro empujando la alta puerta que tiene un diseño a juego con las ventanas. Al entrar al edificio escucho pisadas, una batidora y un despertador; los vecinos van despertando y se preparan para el trabajo o para dejar a sus hijos en la escuela. Cierro la puerta detrás de mi, subo un par de escalones, llego a la pequeña recepción con un sofá de una plaza color azul, camino a través del comedor común, subo al primer piso y antes de dejar las escaleras elevo la vista. Una mujer de cabello largo, gris y un poco ondulado sale de uno de los departamentos que rodean el salón. Viste ropa holgada y de colores oscuros, no lleva zapatos, es delgada y alta; definitivamente no es mexicana. Sus pies descalzos me causan curiosidad y decido saludarla alegremente a penas tenga oportunidad. Se dirige hacia mi, dejo las escaleras, me dirijo hacia ella; sonrío y después:

K: «¡Hola, buenos días!»
E: «Buenos días»

Ella también sonríe antes de hablar, mientras su boca se abre sus ojos se cierran un poco emitiendo un destello que me hace sentir serenidad y seguridad.
Continua caminando hacia las escaleras que conducen a la terraza y que se encuentran detrás de mi.
Unos segundos después ella está subiendo y yo camino atravesando el salón con sofás de cuero marrón y un par de sillas metálicas con cojines negros. Subo las pequeñas escaleras a nuestro departamento, me quito los zapatos, abro la puerta y te veo aún dormido con el antifaz puesto. Me pongo cómoda y preparo el desayuno pues empezaré a trabajar pronto.
Han pasado unos minutos y te despiertas poco a poco. Te quitas el antifaz, estiras un poco, respiras profundo y abres los ojos. Me ves a lo lejos y sonríes:

O: ¿Cómo estás?
K: Bien, me siento animada
¿Y eso?
Te cuento más tarde, cuando salga del trabajo
Vale, amor
Te he dejado el desayuno dentro del microondas

Tenía una reunión importante, por lo que decidí tomarla en el salón.
Después de una mañana de trabajo como cualquier otra, subí por las escaleras para contarte sobre la misteriosa mujer descalza.
Al ser la primer persona con la que tengo interacción dentro del edificio, el evento es importante y estaba segura que querrías saberlo.

Ahora sí, te voy a contar lo que paso por la mañana.
Ah sí, ya no lo recordaba
¡Cuéntame!
Pues hoy por la mañana conocí a uno de nuestros vecinos, aunque no se su nombre. Es una mujer alta y delgada. Vive en uno de los departamentos del salón.
¿De verdad? Creo que la he visto antes
¿Sí?, Pues la he saludado. Noté que tenía un acento extraño, pero no sabría decir de donde es. Iba descalza, creo que seremos buenas amigas.
Ya tengo ganas de verla de nuevo.
Seguro la vemos pronto, ahora al menos sabemos que no estamos solos
¡Si!

Pasaron algunos días y no volví a ver a nuestra vecina, hasta que fue domingo. Tú y yo decidimos ir al tianguis de monumento a la madre, tomamos un par de bolsas, dinero y gorras para el sol. Caminamos entre las lonas de colores que reflejan el sol y debajo de algunas que evitan el sol, probamos fruta cortada en trozos, nos detenemos en un puesto para mirar juegos de mesa y frente a nosotros, en el siguiente pasillo, estaba ella.

¡Mira!, esa es nuestra vecina
¡Oh!, pues si que la había visto antes, pero no hablé con ella. Parecía ocupada.

La veía escoger fruta, emanando seguridad y confianza en sí misma, sonreía. Su personalidad me causó curiosidad.

Parece un poco hippie, tienes razón con eso de que podrían llevarse bien.

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