Gabino V

Es una mañana cotidiana en nuestra esquina de Ciudad de México. El sonido de los motores de autos y motocicletas nos despiertan. Es el primer día libre del fin de semana, hemos despertado pronto para buscar el auto rentado para viajar a Veracruz. Las mochilas de viajero y las maletas de 20kg están listas pero sobre lo que contienen estoy indecisa; además de viajar para que conozcas a mi familia empiezo a llevar cosas a casa de mis padres; me tomó varias tardes decidir que debería ocupar espacio en el armario de mi cuarto en Veracruz, me ayudó preguntarme «¿Cómo me sentiré meses o años después, cuando vuelva a verlo?» pero aún así, minutos antes de partir no estoy segura.

No hay tiempo, pedimos el auto hacia reforma, subimos mochilas y maletas a la cajuela, las sacamos de ese auto, las metemos a otro.

El viaje empezó desde esas tardes empacando, pero es ahora, en el semáforo de alguna de las avenidas gigantescas que cruzan la ciudad que me siento nerviosa. Conocerás a mi familia, reconocerás mi carácter en mis padres, entenderás mis heridas, manías y alegrías. «¿Qué pensarás?»
Tú serás el primero de los dos en experimentar la diferencia de nuestras culturas y abrirme así, un poco a ciegas, me pone nerviosa. Me siento vulnerable, pero decidida y entusiasmada por dejarte entrar en el mundo que me ha construido.

Hacía varios meses que no viajaba a Veracruz. Después de tantos viajes en autobuses, tuktuks y trenes en varios países evitando el sueño con tal de examinar las calles, paisajes y carreteras. Miro los caminos que en algún momento fueron cotidianos muy distinto, los colores son más pálidos de lo que recordaba, el cielo menos alegre y los campos más sombríos. Inmovilizo mis pensamientos, «¿A caso estoy comparando a mi país con los demás?», me respondo: «No, pero tus ojos si han cambiado». Viene a mí aquello que dicen los mayores «No es lo que miras, es lo que ves» y eso me esta pasando.
«¿Es que ahora soy más consciente?».

Todo el viaje hasta la frontera con Puebla mi cabeza da vueltas en estás reflexiones, en Veracruz todo cambia. Otra vez mi mente se inmoviliza, la humedad entra por mis poros, el olor a pino de las altas montañas expande mis pulmones, el sol atravesando la neblina de la sierra me dilata las pupilas; dejo de pensar y las lágrimas se deslizan por mis mejillas rojas.
Nada de lo que haya vivido y haya cambiado mi visón en estos últimos años me hace olvidar como se siente estar en el hogar.

Los últimos 60 kilómetros son bosques, montañas, pueblos coloridos y recuerdos de la infancia. Estoy aquí de nuevo, pero ahora estoy contigo.

Me asomo por la ventana, miro hacia el pasado e imagino el futuro.
«La vida es un chiste, a veces tan bueno que paraliza los músculos y otras vale la pena olvidarlo».

Veo a mis padres limpiando su casa, la que un día fue mía, sonrío y mis ojos se hacen grandes. Aparcamos frente al jardín compartido y salgo del auto a penas puedo. Los chillidos de los zanates, el bamboleo de la lata de metal en el tejado del vecino y el sonido del tren a lo lejos me confirman que estoy segura.
Al salir del auto abrazo a mis padres. Él huele a limpiador para autos, ella a su perfume de oficina. Los abrazo leyendo en sus cuerpos «Te he extrañado».

Bajas del auto, tienes una sonrisa nerviosa en la cara y tus ojos curiosos exploraran el entorno. Es hora de la presentación y no pensé que sería en el estacionamiento, aún así está bien. Todos nos detenemos y los tres dicen sus nombres para después invitarte a entrar en casa. Mi padre grita a mi hermano para que nos salude y nos ayude con las maletas.
Entre los 5 subimos la mochilas y maletas a mi habitación. Hecho un vistazo, está limpia y hay cosas de mi madre, padre y hermano dentro del armario; «se ha convertido en el cuarto de nostalgias».

Está atardeciendo, estamos cansados, nos damos un baño, comemos algo y nos vamos a dormir.
«¿Cómo será vivir en su casa de nuevo?, ¿Cómo será hacerlo ahora contigo?»

Deja un comentario